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Escrito por : Mario Henao

El pasado 4 de agosto se dio inicio a la segunda versión del ciclo Mirada Paralela con el que la Fundación la Maldita Vanidad le rinde homenaje a grandes autores de la tradición teatral. La vida y obra de Federico García Lorca fue objeto de una nueva mirada que se expondrá en el segundo semestre de 2017. La tortuga ciega o Kalus kinski también cae de pie, de Fernando de la Pava y Santiago Merchant¸ es la primera de esas miradas en las que la tragedia vuelve a tomar forma.

 

Tortugaciega

 Fotografía tomada de La maldita vanidad

 

Todo en el teatro es tragedia, nada puede evitar ese destino. Elegir lo dramático es aceptar un sino trágico, porque el teatro es ese arte en el que los que están en escena ya saben el final desde el comienzo y nada pueden hacer para evitarlo. En el teatro no hay casualidad, solo hay cumplimiento de un destino que todos los involucrados ya conocen, aunque deban fingir que no lo saben. Indudablemente la tragedia tiene un atractivo que no se puede despreciar. Pero al mismo tiempo es una forma dramática que ofrece riesgos y exige una elaboración cuidada para que se sostenga. Lo teatral es la forma artística en la que el destino aparece de manera corporal, concreta y evidente. Si en algún momento se tuvo la esperanza de que las acciones realizadas son producto de una voluntad, el género dramático recuerda que nada escapa a la planificación. Federico García Lorca fue uno de esos autores que identificó ese elemento trágico y logró construir una experiencia de ese tipo en tres de sus obras de teatro: Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y Yerma. En las tres, el autor español fue capaz de reinterpretar una forma dramática que hacía inevitable un destino al que los personajes, a pesar del conocimiento de este, se acercaban y nada podían hacer para evitarlo.

Lo trágico como elemento que construye todo relato ficcional y real es lo que aparece en la obra La tortuga ciega o Klaus Kinski también cae de pie, con la que se abre el segundo ciclo de Mirada Paralela que se realiza en la Fundación la Maldita Vanidad, un teatro y centro cultural que ha sabido brindarle a la ciudad una oferta teatral necesaria, por lo que no se puede dejar de agradecerles. Este ciclo consiste en el homenaje de la vida y obra de autores que son considerados clásicos en la tradición teatral; y es, además, un estímulo a la creación dramática local. Se realiza cada dos años y en su primera versión el ciclo propuso la vida y obra de Antón Chéjov como objeto de inspiración. En esta, se decidió retornar a Federico García Lorca y su producción. Son cinco los directores invitados quienes se propusieron sumergirse en la obra y biografía del autor español y, acompañados de dramaturgos, actores, entre otros participantes del mundo teatral, ofrecer unas miradas paralelas que exponen la manera en la que este escritor todavía aparece en la actualidad.

La tortuga ciega o Klaus Kinski también cae de pie se dirigió al ciclo trágico para dar una nueva versión de las piezas de García Lorca. Pero esta vez, la realización del destino trágico no estaría personificada en unos personajes, sino en la misma figura del autor que toma forma en el cuerpo de uno de los actores.

En este caso, se trata de la tragedia de Federico García Lorca que es contaminado por las actitudes e historias de los personajes de sus piezas trágicas. Fernando de la Pava dirigió esta puesta en la que se muestra un intento por comprender esa idea de destino y en donde se expone la imposibilidad de escapar a esa tendencia trágica que en muchas ocasiones se prefigura en las obras literarias. De la Pava explica que cuando inició el proceso de creación de la obra no se tenía un texto y se hizo un trabajo de improvisación y de ejercicio físico con los actores. Esto hace pensar en que tal vez hubo un deseo inicial por distanciarse de una forma tradicional del teatro en la que ya está prefijado en el texto lo que va a ocurrir.

La improvisación y el trabajo directo con el cuerpo de los actores suponen una búsqueda por lo accidental e imprevisible. No obstante, esta búsqueda parece imposible o destinada al fracaso, porque la regularidad y la repetición se establecen como designio y, otra vez, se vuelve a la insistente tragedia. Lo improvisado se fija, luego llega el texto y a esto se le suma la vida y obra del gran escritor que se imponen como imagen que debe ser reconstruida, una imagen conocida de la que todos saben el final. De la Pava comenta que en el momento en el que Santiago Merchant, dramaturgo de la obra, entregó el texto, tuvieron que empezar a vincular el trabajo ya hecho en la improvisación con las palabras que los personajes pronunciaban. Texto y acción debieron configurarse y así se dio forma a la tragedia de un autor que fue personaje de su vida.

En la acción dramática todos los personajes son conscientes de que el tiempo en escena es finito y que el final cada vez está más cerca y nada se puede hacer para eludirlo. Por eso el teatro es trágico, incluso cuando es una comedia. La vida, además, de García Lorca invita a ese sentido trágico. La obra oscila entre el comentario reflexivo de un grupo de tres actores que debe realizar una presentación, y la historia de vida que encarnan como personajes y que da cuenta de la experiencia de uno de los autores más importantes de la literatura castellana, a pesar de que en ocasiones se cuestione su grandeza y se le llame poeta menor.

Durante un lapso de tiempo el mundo poético de Lorca invade el escenario. Simultáneamente, la intención directa de que exista una cierta conciencia de que se está en un espacio de ficción favorecen el intercambio entre el mundo literario de las obras de teatro del autor (y de toda su producción escrita) y los acontecimientos históricos que se empeñan insistentemente en eliminar ese elemento poético al imponer lo prosaico de las acciones humanas. García Lorca muere asesinado por uno de los agentes de la falange española. Esa muerte no puede quedar en la memoria como el cumplimiento de un mandato, pues quien murió en ese momento no era un sujeto común y corriente, sino uno de los más grandes poetas y dramaturgos de la lengua española (y de la literatura mundial). Con esa muerte, además, no se daba fin a la vida de García Lorca, sino que se daba inicio al proceso de mitificación de una figura que se ha hecho cada vez más grande. Y es esa figura la que se busca recrear en la obra de Fernando de la Pava y la que se cuestiona en el texto de Santiago Merchant.

Una de las grandes dificultades que ofrece cualquier puesta en escena que intenta conciliar lo escénico con lo textual (o con una figura literaria, como lo es en este caso) es la de no convertirse en una mera ilustración de lo que está escrito. El logro de esta puesta es que consigue tanto en el texto como en la escena trasladar el imaginario y la composición poética de García Lorca al escenario. No solo los personajes construyen metáforas intensas en sus discursos, sino que también se elabora una serie de acciones que convierte el cuerpo de los actores y la escena en símbolos de ese universo lorquiano. La acción de tejer realizada por uno de los personajes (que simboliza esa vida que se crea y que inevitablemente va a ser deshecha), la coreografía que realizan los actores como actores (y que intenta establecer y demostrar que hay una serie de acciones reguladas que sirven para generar la tranquilidad que la continuidad rutinaria expresa) o las prendas de vestir que se usan para diferentes fines, hacen estallar la literalidad material que en muchas ocasiones se adueña del teatro y recuperan ese valor simbólico que no tiene otra significación que la de delatar lo inevitable del destino.

Y en esa medida García Lorca no deja de aparecer constantemente en la puesta como una presencia que motiva la acción y la mantiene en movimiento. Esto es producto también de la intención del director de que la obra fuera construida no solo con base en el texto o en la fábula, sino en la corporalidad. Dice de la Pava que su primera intención era hacer una puesta construida sobre la base del teatro físico en donde el espacio no tuviera elementos que obstaculizaran el movimiento del cuerpo. Esta intención fue matizándose y se fue construyendo una puesta que compartiera varias posibilidades de acción, tanto la física como la verbal y la escenográfica. Pero se nota un trabajo intenso de los actores que deben sostener en su cuerpo esa cualidad simbólica y poética a la que Lorca obliga y que posibilita la transformación del cuerpo del actor en símbolos.

De esta forma, el homenaje no se hace solo al autor de un ciclo trágico o a la vida de un artista que logró que su muerte fuera material poético, sino que se celebra la actividad del teatro como lo hicieron William Shakespeare o Pedro Calderón de la Barca para quienes lo teatral es lo más cercano a la vida, por lo que es en el cuerpo del sujeto en donde se provoca constantemente la teatralidad. El homenaje es también al oficio del actor y a la actividad teatral. Y es tal vez por eso que se hace presente la figura de Klaus Kinski, ese actor potente que no deja de impresionar y que aparece de forma intermitente en la obra cuestionando la grandeza de García Lorca y recordando que todo personaje amado es al mismo tiempo envidiado y constituye la amenaza de eclipsarse bajo su sombra. Kinski es esa voz que permite liberar el temor de caer en el hechizo de la admiración y que puede conducir a la inacción; es la voz que intenta sortear la tragedia.

La obra de Merchant y de la Pava ensaya una salida o un escape al destino. Si no hay manera de evitarlo, a pesar de que todos sepan cuál es el final, la única forma de burlar el destino es haciendo que la fábula sea cíclica y que todo final sea un retorno. Si bien esto no elimina el destino, sí lo hace menos efectivo, porque el final nunca es definitivo sino solo un recordatorio de que todo es siempre un comienzo y que el destino no es nada más que el nombre que le damos a la repetición de la existencia. Lo que se repite en esta ocasión es la imagen de Federico García Lorca que vuelve para dar opción a un nuevo destino dado por esta mirada paralela que surge de su obra y que estará en temporada todo el mes de agosto, cuando dará paso a la siguiente puesta, La sangre rota, una versión de los textos Un suicidio en Alejandría y Viaje a la luna, realizada por la compañía mexicana Circuito Liguen y dirigida por Saeed Pezeski, en la que lo físico volverá a ser protagonista y lo poético de García Lorca aparecerá en el cuerpo de los actores.

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El ciclo Mirada Paralela se completará con las obras Bernarda Alba, de la directora Victoria Hernández, en el mes de octubre; La piedra oscura, en noviembre, dirigida por Víctor Quesada y con dramaturgia de Alberto Conejero; y finalizará en diciembre con CALOR a las cinco en punto de la tarde, del maestro César Badillo. Para más información, consulte este enlace. 

 
 
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