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Escrito por : Ave Barrera

 Un cuento de Ave Barrera. 

 

jugarconfuego2

 Ilustración de Martín López


–Ahí está otra vez –dijo Sonia levantando un poquito la cara hacia el fondo de la privada.


–Esa mongola nos va a echar a perder el picnic, como siempre.


Hicimos como si no la hubiéramos visto, pero Karlita se acercaba cada vez más, escondiéndose entre los coches estacionados. Llegó hasta la casa de Manuel y luego fue a recargarse en la Liberty blanca. Sentía su mirada encima, sus ojos de rana fijos en nosotras.


–Dile que ya nos vamos a meter y nos vamos a mi casa –le dije a Sonia.


Karlita había avanzado al limonero y nos vigilaba de pie aplaudiendo en cámara lenta con sus manos tullidas como gusanos de piedra.


–Ve a decirle tú, a mí me da cosa –dijo Sonia–. ¿No ves que a veces se agarra ahí?


Le di el iPad a Sonia y fui a decirle a Karlita que nos dejara en paz.


–Métete a tu casa, te van a regañar –le dije–. Nosotras ya nos vamos a meter. Métete tú también.


Parecía que fuera sorda. No me hacía caso. Asomaba la lengua por su boca roja como dulce chupado y miraba hacia donde estaba Sonia. De seguro lo que quería era jugar con el iPad. De seguro en su familia no había nadie que tuviera uno y que quiera prestárselo.


–Vete a tu casa, Karlita –le insistí–. Luego por tu culpa nos regañan.


La mongola metió la mano al bolsillo y sacó un paquetito de plástico, alargado como saquito de azúcar. Abrió el puño y vi lo que era.


–¿Qué haces con eso, cochina? –grité.


Ella cerró la mano y se sentó en el machuelo de la banqueta. Miraba al vacío y asomaba su lengua empapada de baba. Regresé con Sonia y le dije:


–Ya le baja.


–¿A la mongola? ¿Cómo sabes?


–Tiene un tampón.


–¡Qué asco! ¿Te enseñó un tampón?


Recogimos las cosas del picnic y nos metimos a mi casa. Sonia se puso a jugar con el X-box. Yo me asomé a la ventana y la vi. Estaba sentada donde mismo. Su tío la llamó desde la cochera y ella se metió debajo del coche, como hace siempre que jugamos a las escondidas. Su tío la llamó otra vez y atravesó la calle chancleando. Fue directo hacia donde estaba. Ya la había visto. Esa mongola jamás aprenderá a esconderse.

 


* * *


–Hay que entrar a ver –insiste Manuel.


–Vayan ustedes, a mí me regañan –les digo.


–Ve y nos cuentas lo que viste –dice Sonia–. Tomas fotos con el celular.


–Hay que entrar. No nos pueden decir nada, ya no vive nadie ahí –dice Manuel.


Por afuera la casa se ve casi igual, la fachada beige y las cornisas verdes, descascaradas. Sólo en las ventanas hay rastros del incendio; marcas negras como pestañas con rímel en cada ojo ciego de la casa.


–No parece que se hubiera quemado –digo.


–Tenías que haber visto. Se escuchaba como si hubiera un tornado encerrado ahí dentro. No podíamos acercarnos ni a veinte metros.


–Exagerado –dice Sonia.


–Mentiroso, ¿tú cuándo has estado cerca de un tornado?


–¡En serio!, la lumbre se escucha. Yo no sabía, pero les juro que hace un ruidajo espantoso.


–Debe haber fantasmas –dice Sonia.


–Claro que hay fantasmas, pero ahorita están dormidos.


–Dormidos dónde –le pregunto a Manuel.


–En la ceniza. Y como la ceniza todavía está húmeda, tenemos que aprovechar.


Pasamos por debajo de las cintas amarillas. El suelo cruje debajo de nuestros pies. Manuel empuja la puerta atorada por los escombros. Pienso que todo va a estar quemado, pero no es así. El fuego decidió posarse sólo en algunas cosas: la mitad de la cortina, el respaldo del sofá, el abanico, un cuadro que había sobre el sofá y que era una pintura del mar. Qué chistoso, era el mar y se quemó de todas maneras.


–¡Acá! ¡vengan! –grita Manuel desde el fondo de la casa.


–¿Aquí fue donde lo encontraron? –pregunta Sonia.


–¿Donde encontraron a quién? –pregunto espantada.


–El tío de la mongola, ¡mensa! –dice Sonia– ¿No sabías? Estaba borracho y no se pudo despertar.


La cama tiene un hueco oscuro, negro en el centro, y una hendidura del tamaño de un cuerpo. La colcha de flores azules no se quemó de las orillas.


–Dicen que se le olvidó el cigarro prendido, que fue así como comenzó el incendio.


–¿Y Karlita?


–Ahí –señala Manuel–, se escondió en el baño. Su mamá la sacó en brazos toda mojada. Se la llevaron en la ambulancia porque tenía un ataque de risa.


Batallamos para entrar al cuarto, esquivamos los muebles tumbados, y caminamos sobre montañas de cosas muertas: lámparas, ropa, libreros, zapatos, revistas. Unas cosas están quemadas, otras no. El baño parece intacto. Hay muchos objetos útiles que alguien podía haberse llevado, pero nadie se ha llevado nada. Pinta labios, botellas de champú, una secadora de pelo, jaboncitos en forma de concha que nadie jamás ha usado porque están cubiertos de polvo. Miro hacia arriba: el techo plagado de ampollas me pone la piel de gallina. Una ventisca levanta la ceniza del suelo y salimos pateándonos los talones.


Me detengo. Encontré algo. Me agacho y remuevo entre los escombros.


–¿Qué es? –pregunta Sonia.


–Mi lupa –le digo y se la enseño–. Esa mongola me la quitó el otro día que estuvimos jugando con fuego.

 
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