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Escrito por : Sebastián Illera

El 25 de febrero de 1983, el reconocido dramaturgo estadounidense murió en su suite del Hotel Elysée en Nueva York a los 71 años.  

 

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 Tennessee Williams

 

Tennesse Williams en realidad no fue Tennesse, fue Thomas Lanier Williams III. Pero desde muy temprano se vio en la necesidad de encontrar un seudónimo que lo ayudara a esconder su verdadera personalidad. Detrás de la máscara de un ser amable, famoso y dipsómano que brindaba entrevistas y sobre todo copas a diestra y siniestra, se encontraba un hombre sumamente tímido, aterrado porque no se sentía capaz de aceptarse y de aceptar la sociedad en la que vivió, así que decidió hacer de sí mismo un fantasma. Sin embargo, Williams no corrió con suerte, porque consciente o inconscientemente, sus miedos se vieron reflejados en los personajes que escribió a través de su carrera y, como espectros, atormentaban sus sueños. Cada uno tiene una faceta de la vida de Williams y muchos se convirtieron en referentes de la dramaturgia universal incluso en estos tiempos en los que el personaje (desde su perspectiva más estricta) ha dejado de existir. Después de muchas discusiones he llegado a la conclusión de que los últimos grandes héroes de la dramaturgia universal nos los han dado los Estados Unidos, uno por mano de Arthur Miller y la otra por mano de Tennesse Williams. Willy Loman de Muerte de un viajante y Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo - obra con la que Williams ganó su primer Pulitzer en 1948 -  son los últimos grandes personajes de la dramaturgia, esa misma que hoy en día no tiene reparo en nombrar a sus “actantes” como “A y B” o como “Él y Ella”. Por supuesto, no estoy generalizando, ni tampoco atacando las nuevas tendencias dramatúrgicas; aunque añoro fervorosamente que vuelvan personajes con toda la profundidad, matices y aristas, que tenía la querida Blanche.  

Para los que no están familiarizados, Thomas Lanier Williams III nació en Mississippi en 1911 y murió como Tennesse Williams en Nueva York en 1983. El joven Thomas proviene de una familia sureña de costumbres aristócratas, pero sumida en la crisis que desencadenó la gran depresión, con un padre ausente y una madre cardinal, educada en los más estrictos preceptos puritanos. Incluso algunos analistas consideran que Alma, la protagonista de Verano y Humo es un reflejo de su madre, una mujer tan sistematizada que no puede comprender las conductas de las otras personas por fuera de su férrea educación, lo que la conduce a su ruina y a perder lo que ella consideraba el amor. El padre ausente se refleja en la generalidad de sus personajes masculinos. Hombres hostiles, irresponsables, adictos, pero que llevan un dolor inmenso en su interior y que, al analizarlos a profundidad, comprendemos que es ese dolor el que provoca la ausencia y sus conductas reprochables. Hay que recordar que Williams fue un hijo que solo hasta la adultez se reconcilió con su padre y logró comprender por qué estuvo distante tanto tiempo. De tal forma que sus personajes masculinos más recordados poseen estos modelos de conducta: el agresivo Stanley Kowalski de Un tranvía llamado deseo, el apático y confundido Brick Pollitt de La gata sobre el tejado de zinc caliente (que es el caso más evidente del constante horror de Tennesse Williams por manifestar abiertamente su homosexualidad, otro de sus espantos), el revolucionario y frustrado Tom Wingfield de El zoo de cristal, el polémico y blasfemo T. Lawrence Shannon de La noche de la iguana... todos a su vez, atravesados por un factor común que estaría relacionado una vez más con un fantasma con el Tennesse Williams tuvo que luchar a lo largo de su vida: el alcoholismo. Estos son algunos de los personajes masculinos más emblemáticos de su prolífica carrera que consta alrededor de ochenta obras teatrales y algunas indagaciones en la novela y el cuento.

Pero es en sus personajes femeninos donde Williams logra consagrar su espíritu sensible y el dolor que le proporciona la vida. Eso, sin contar con la atracción que sentía por lo marginal, por lo lumpen, por lo mórbido. Ya bien lo había dicho Bernard Shaw cuando hablaba de las obras de Williams y Miller como unpleasant plays (obras desagradables), pero no se refería a ellas así en un sentido peyorativo. Son obras desagradables porque su atención se concentra persistentemente en la vida interior de sus personajes, cuyas dificultades son psicológicas, más que sociales o políticas, lo que resulta en personajes tradicionalmente neuróticos que se convierten a su vez en un reflejo fantasmagórico de nosotros mismos, razón por la cual nos sentimos identificados y a la vez generamos rechazo ante esas conductas. No es de extrañar que existan comparaciones entre Miller y Williams: no solamente son contemporáneos, también son descendientes directos de Eugene O’Neill y ambos decidieron apostar al realismo; Miller, desde una perspectiva más concreta, y Williams desde una, tal vez, más poética y surrealista. Pero, finalmente, lo que los diferencia es que los personajes de Miller son víctimas de un entorno y de falsas convicciones, mientras que los personajes de Williams son deliberadamente decadentes porque son víctimas de ellos mismos y su pasado. Miller tiene un corte un poco adoctrinador, mientras que Williams simplemente es morboso, en el significado más interesante de la palabra, sin contar con que el porcentaje autobiográfico en la obra de Williams es considerablemente superior al de la obra de Miller.

 

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 Tennessee Williams y Marlon Brando

 

Es curioso pensar que Williams tenía personajes femeninos que normalmente funcionaban en duplas, como ocurre, por ejemplo, en La mutilada con Celeste y Trinket que, juntas, llevan la carga de la acción, aunque Celeste sea la protagonista de la historia. Ocurre diferente con sus personajes masculinos, que son más apáticos. Otra característica de sus personajes femeninos es que, casi siempre, provienen de pasados “mejores”: son damas en decadencia que tienen que enfrentarse a un nuevo orden y ese choque es lo que las lleva a sus neurosis. Tal es el caso de Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, podríamos decir, su personaje estrella. Tal como lo planteé anteriormente, Blanche es una dama que ha caído en decadencia y tiene que asumir una nueva vida en la casa de su hermana Stella. Blanche fue una reconocida maestra, pero por problemas de orden sexual, de los que no se habla a profundidad, es obligada a huir de su hacienda en ruinas y a viajar con un baúl en el que guarda el pasado glamuroso del que se ufana permanentemente. Alcohólica, prejuiciosa, mentirosa y aparente... es difícil imaginar sentir un ápice de empatía hacia esa mujer, pero lo magistral en Tennesse Williams también está ahí, en lograr que un personaje tan abyecto sea entrañable para quien es testigo de su desgracia. Logra sutilmente que los atributos negativos de sus personajes no sean vistos como defectos a tabula rasa, sino que los combina con una gran dosis de dulzura para convertirlos en una representación muy fiel de lo humano. Tal es el caso de Stella, su dupla en este drama, sometida, dependiente, sumisa, maltratada y sin embargo, apreciada. Alma de Verano y humo, Leona de El confesionario, Maggie Pollit de La gata sobre el tejado de zinc caliente, en fin… la lista es larga, pero dejo a la inquietud del lector la búsqueda de esas mujeres que Williams supo construir magistralmente.

Por último, quisiera referirme a otro de sus grandes aportes, que tiene que ver con el cine. Gracias a su estilo dramatúrgico, muchas de sus obras fueron adaptadas y llevadas a la pantalla grande. Así mismo, fueron modelo de estudio en el afamado Actors Studio creado por Elia Kazan y luego dirigido por Lee Strasberg. Su método, concebido a partir de Stanislavski y enriquecido por el realismo norteamericano e inglés, en el que Williams fue fundamental, sigue siendo modelo de análisis en los programas de formación del mundo entero. Allí vimos brillar a Marlon Brando y Vivien Leigh en la versión de Un tranvía llamado deseo de 1951. Un año antes se habría adaptado El zoo de cristal con la actuación de Jane Wyman y Kirk Douglas. Después vendría el turno de La rosa tatuada en 1955 con Anna Magnani y Burt Lancaster. En 1958 sería el turno de La gata sobre el tejado de zinc caliente (debo confesarlo, mi obra favorita de este autor), protagonizada por Paul Newman y Elizabeth Taylor. Verano y humo de 1961, La noche de la iguana de 1965 y un largo etcétera que finaliza, hasta donde sé, en 2005 con una nueva adaptación de esta última obra protagonizada por Jeremy Irons. Así sus fantasmas quedaron inmortalizados en el celuloide y tienen la libertad de aparecer para atormentarnos cada vez que sea necesario.

 

@seillum1
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