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Escrito por : Ana María Enciso

 Reseña de “Tabú”, de Ferdinand von Schirach.

 

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 Portada de "Tabú" 

 

 Tabú, de Ferdinand von Schirach, editada por Salamandra, es una novela policiaca en la que el meollo del asunto empieza donde las otras pararían: luego de que cogen al culpable.


Von Schirach, que en su vida paralela es abogado penalista, tomó la muy inteligente decisión de cambiar al detective por el abogado defensor. Aquí lo importante no es la realidad de los hechos, sino la verdad (procesal) que se demuestra en el juicio.

“–Quiero que usted me defienda como si yo no fuera el asesino.
–¿‘Como si no fuera’ el asesino? ¿Lo he entendido bien? ¿Lo es o no lo es? –preguntó el abogado.
–¿Importa eso?
Buena pregunta. Biegler nunca se la había oído plantear a ningún cliente. ‘Sólo los periodistas, los estudiantes o los becarios hacen ese tipo de preguntas’, pensó.
–Para la defensa no es importante, si se refiere a eso –dijo Biegler”. (P. 128)

Konrad Biegler es un personaje muy sólidametne construido y con una personalidad agria que probablemente lo haría impotable en la vida real, pero que hace que como personaje literario sea una delicia de leer:


“Dos años atrás, ella [su esposa] lo había enviado a un psicoanalista. Había dicho que cada día estaba más insoportable. En efecto, él había ido y había escuchado atentamente la respiración del terapeuta durante ocho sesiones. Cada hora le costaba ochenta y cinco euros. Sin duda, Biegler no había pronunciado palabra. Le parecía aburrido reflexionar sobre sí mismo. Superados los seiscientos ochenta euros, había interrumpido la terapia. No se atrevía a decírselo a Elly y desde entonces vivía con el temor de que ella lo averiguase. Se había comprado las Obras completas de Freud y de vez en cuando citaba alguna frase. Esperaba salir así del paso.
–En el diario pone que has aceptado el caso de ese artista –dijo Elly.
–Es posible que lo haga.
–Escriben que es probable que haya sido él.
–De lo contrario no habría noticia –indicó Biegler.
Elly le sugirió que llevarse flores a la nueva secretaria, pero él rechazó la idea.
–Las flores son órganos sexuales abiertos. Yo no regalo algo así, y menos a una chica joven –declaró”. (P. 127)


Este personaje huraño e incómodo acaba defendiendo a Sebastian von Eschburg, un joven fotógrafo acusado de homicidio en tales circunstancias que pareciera una locura intervenir a su favor. Sin embargo, lo intenta a través de un interrogatorio digno de utilizarse en una clase de técnicas de juicio oral.


Sebastian, por otra parte, acaba siendo el lado flaco del libro. A pesar de que el personaje y el caso están bien construidos, von Schirach le dedica una porción excesiva de la novela a una narración que pareciera el tipo de ejercicios que hacen los escritores para llegar a conocer a sus personajes. Aunque parte de la información que allí se revela pueda ayudar a entender las características y circunstancias del homicidio del que se le acusa, y a pesar de que no sea una narración árida, muchos de esos episodios sobre su infancia y adolescencia habrían podido suprimirse sin que el corazón del libro se afectara. Antes bien, nos habría permitido conocer antes a Biegler.


Ojalá von Schirach nos permita reencontrarnos con el penalista en una próxima entrega.

 

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