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Escrito por : Mauricio Arévalo Arbeláez

 Un cuento de Mauricio Arévalo Arbeláez.

  

 Zambitoportada    

 

 Ilustración de Martín López
 

 

Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Aunque había viajado en la noche, no pudo pegar el ojo durante todo el trayecto. Estaba nervioso. Era la primera vez que salía de su tierra a una ciudad grande y la desconocida que viajaba a su lado lo incomodaba con sus miradas curiosas e insistentes. Todos los prejuicios de provincia se le atravesaban como pesadillas cada vez que intentaba conciliar el sueño. “Que no parezcas perdido, ¿eh? En ningún momento. No les creas a sus sonrisas, que lo que siempre quieren es robarte”. “No andes solo por la calle, ni por la playa…y menos de noche”. “Háblale a los turistas, pero no les des mucha confianza. Esos creen que le pueden pagar por sexo a todo el mundo”. “Júntate con las meninas de Copacabana y de Ipanema. Hay unas a las que les gusta aventurarse con zambitos, así como tú…”


"¡Ja, zambito!", murmuraba Thiago, mientras sacudía la cabeza para liberarse de la voz de su padre. Cómo le molestaba que siempre se refiriera a él con itos. Que el jovencito, que sus bracitos, que ese humorcito… que el zambito. Y zambito pa'cá y zambito pa'llá. “Y, baila pues, zambito. ¡Que el que no baila en Brasil no enamora, zambito! ¡Baila, baila!”. “¿Y uno a los veintiuno para qué va a enamorar?”, respondía su madre, “déjalo trabajar y crecer, que cuando tenga el dinero para mantener ya podrá pensar en enamorar a alguien”. “¡Ay, mujer! Los hombres vinimos a enamorarnos cada minuto de una diferente. ¿Si no, Dios para qué nos pone tanta belleza por ahí?”


Su madre solo reía.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Se bajó del bus a las 5:42 de la mañana y de inmediato sintió el invierno. Venía de otro Rio, el de las Flores. Y hubiera querido quedarse ahí, protegido bajo el ala de su abuela, quien lo cubría tanto del mundo que lo hacía olvidarse de él. “Lo mandas allá a no sé qué, Silvio, pero que no te vuelve igualito, jamás”, le decía a su padre. Y se lo repitió hasta la última noche que Thiago estuvo en su casa, escuchando los sonidos nocturnos que jamás volvería a escuchar. “Yo vuelvo, abue”. “¿Qué va a volver usted, zambito, después de enamorarse de la ciudad? ¡Allá el mundo sí gira y usted va a aprender a girar con él!”. “No, abue, que yo estoy muy acostumbrado a que el mundo esté quieto aquí”. La abuela reía: “Pues se zampará un totazo y ahí aprenderá a moverse con él”.


El ruido y la gente y el sol morado saliendo por el oriente. Ahí está el mar más frío del mundo, como había leído en algún libro de escuela; ahí está la ciudad que los pobres de afuera solo visitan cuando buscan una mejor oportunidad. Su padre lo había enviado con una tía, la tía de las suertes. Una mujer gorda y amable que había atraído a un nuevo rico que tenía apartamentos en Copacabana. “Te lo dejo para que lo pongas a trabajar y se haga un futuro allá que sí lo hay”, le había dicho el padre por teléfono.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Sabía que debía ser el primer día de ese futuro que su padre quería para él, pero intuía que un futuro era algo más difícil de construir. Tenía que bajarse y coger un bus que lo llevara hasta Copacabana, donde su tía lo estaba esperando para indicarle que su habitación iba a ser la primera a la izquierda del baño. Thiago siempre había compartido cuarto con su hermana: iba a ser la primera vez que tuviera un espacio solo para él. Se bañó, se vistió y volvió a su habitación a dormir lo que no había descansado la noche anterior. Seguía con miedo. Tenía una sensación extraña en el estómago que no se calmaba aun estando bajo el techo de su familia. Era como si fuera extraño en sus propias entrañas. Como si su hígado no fuera suyo, sino de los gusanos que se lo comerían una vez muriera.


“¿Sabe, zambito, quién le puso Thiago?”. Sí, Thiago sabía, pero le gustaba decirle que no a su abuela para que le volviera a contar su historia. Las abuelas son contadoras de historias y sonreía cada vez que se daba cuenta de que nadie lo había estafado con la suya. “Yo, ¿quién más? ¿Y sabe por qué?”. Thiago seguía negando. “Porque significa recompensa de Dios, zambito”.


El zambito se dio la bendición y se logró dormir por fin.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó en la madrugada de un junio frío porque a los dos días empezaba a trabajar. El esposo de su tía le había conseguido un puesto en un McDonald's del Centro. Thiago no sabía bien qué iba a hacer allí, pero la plata era la plata y con algo tenía que construir el futuro que su padre quería para él. “Llegas aquí a las 7:00 y te vas a las 10:00. No llegas aquí a las 7:05 y te vas a las 9:50. No. Llegas aquí a las 7:00 y te vas a las 10:00”, repitió el encargado del local. Era un hombre sacado de una caricatura de Maluquinho, con escaso pelo en la cabeza y con apariencia de muy poco seso. “Recoges la basura, la botas, barres, trapeas. Llega un cliente nuevo, recoges la basura, la botas, barres y trapeas. Quedas siempre encargado de dejar limpiecito el segundo piso. ¡Yo veo un mugrecito y ya verás tú lo que verás!”


“Sí, señor. Sí, señor”, había aprendido a decir muy bien Thiago.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó a aprender que recoges la basura, la botas, barres, trapeas. Llega un cliente nuevo, recoges la basura, la botas, barres y trapeas.


El mismo día que entró a trabajar, Thiago notó que había, en un rincón apartado, por un pasillo solitario, un baño de hombres. Silvio le había dicho que nunca hiciera algo que no se le había ordenado, por lo que no preguntó si debía limpiar también ese cuarto de aseo. Algunos días olvidaba que el baño existía y cuando volvía a percatarse de su presencia se preguntaba quién lo limpiaba si nunca veía que entrara ningún trabajador ahí. A veces lo miraba con asco y se volvía a preguntar quién carajos lo limpiaba. Veía que entraban y salían hombres, uno tras otro, minuto a minuto, segundo a segundo. Veía la fila que se hacía. Olía y sentía su hedor.


“No, no, a ese baño no entres”, le ordenó el encargado un día que Thiago, asqueado por su olor, se atrevió a sugerirle que él podía limpiarlo. “Pero…”. “Pero que no, zambito, que no te pagan aquí por pensar. Tú recoges la basura, la botas, barres, trapeas. Y ya. No mires quién entra ni quién sale”. Y ahí estaba esa puerta que se abría y se cerraba. Y que expedía un olor repugnante.


Thiago no había visto qué había dentro, pero pronto empezó a tener pesadillas con ello.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó a tener pesadillas con un baño que nadie limpiaba, con unos hombres que entraban y salían, con un olor que lo repugnaba. “¿Cómo come la gente aquí?”, se preguntaba, “si huele a… esto. A eso que nadie limpia”. “Yo no huelo nada”, le respondía el encargado. “¡Que sí, que sí! No es olor a mierda… es otra cosa. Pero ahí está”. El encargado lo miraba y sonreía: “Solo lo sientes tú. Es el olor de las hormonas que únicamente huelen los perros”.


Thiago veía que los hombres hacían fila, y que entraban y salían; que muchos iban solo al baño y no comían; que se miraban entre sí y algo se decían, aunque no abrían las bocas. "A eso huele la cama donde mis padres me engendraron", pensaba antes de dormirse en las noches, "a eso huelen también las sábanas que mi abuela me limpia para que mamá no se dé cuenta de que me he masturbado. A eso huelen las camisetas y los pantaloncillos después de un partido de futebol".


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó a tener pesadillas con olores a hormonas, con una puerta que se cerraba y se abría, con las bocas de esos hombres que algo se decían.


Hasta que un día lo entendió todo.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó a entender el mundo y a aprender a moverse con él. No podía dejar de oler a los hombres que entraban y salían, a sus bocas que no se abrían pero decían, a eso que ahí encerrados hacían. Thiago se enamoró del olor del silencio: ese olor a baño donde los hombres se aman durante cortos, pocos e insuficientes minutos.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó a enamorarse. Un día comprendió la mirada y la boca que no se abría y el silencio que complacía. Se saltó la fila y empujó la puerta que se cerraba y abría. Sintió el peso del olor que le repugnaba y descubrió a todos los cómplices que se amaban y callaban, que se miraban y se tocaban, que se revelaban y se escondían.


“¡Mi zambito!”, le murmuró uno de esos hombres al oído mientras lo encerraba en un cubículo.


Thiago llegó a Rio de Janeiro por el terminal de buses Novo Rio. Llegó allí para recibir las recompensas de Dios que tanto merecía

 

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