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Escrito por : Sebastián Illera

A propósito del día de brujas, recordamos este clásico de la dramaturgia universal en el que se ficcionaliza un episodio de histeria colectiva que toca temas aún hoy vigentes.    

 

BrujasSalem

  

Para quienes no están familiarizados, Las Brujas de Salem o The Crucible (en su título original en inglés) es sin lugar a dudas la obra más representativa del escritor norteamericano Arthur Miller. Fue escrita en 1952 y se basa en la cacería de brujas que ocurrió en los Estados Unidos a finales del siglo XVII, desencadenada por el baile desenfrenado de unas adolescentes acompañadas por su esclava, una fogata y las sombras de los árboles del bosque. En esta obra, encontramos una de las primeras apuestas de lo que podríamos llamar teatro documental. No es que antes no se hubieran realizado dramas históricos o biográficos; ya recordaremos las apuestas de Victor Hugo con Cromwell o del mismo Bernard Shaw con Santa Juana, para poner algunos ejemplos. De hecho, considero que no se puede desligar el acto dramatúrgico de la historia o de una postura política. Sin embargo, lo que planteo aquí es un tema de metodología creativa: dentro de sus páginas, tanto en su versión en castellano como en la versión original en inglés, vemos cómo Miller desmenuza un episodio histórico (¿o histérico?) para convertirlo en una sutil ficción.

 
Las aclaraciones históricas, que el autor inserta sin ningún pudor en las acotaciones del drama, se revelan como una delicada mezcla entre el lenguaje de la novela con la crónica y nos permiten seguir la pieza como si estuviéramos leyendo un artículo con hipervínculos; del mismo modo, las descripciones de sus personajes en las que expone sus perfiles reales y nos cuenta las licencias que el autor tomó para hacer más verosímil la trama, nos permiten participar en paralelo de un hecho comprobable por la historia como de un suceso ficcional que responde al punto de vista de Miller.


Por otro lado, es magistral cómo el lenguaje del autor se contrasta con la naturalidad que tienen las voces de sus personajes, que se van transformando y destruyéndose implacablemente en el ascenso de la acción dramática y en los que podemos descubrir la candidez perversa de la juventud, encarnada en la desequilibrada Abigail y sus secuaces, como el autoritarismo adusto del reverendo Parris, el carácter totalitario de Danforth o la tosquedad culpable de Proctor. Uno de los temas fundamentales de esta obra en cuatro actos es el honor. Los personajes tienen un tema recurrente que los lleva a ocultar sus culpas en las sombras. Porque no existe la menor posibilidad de poner el nombre bajo sospecha, porque somos honorables aunque equivocados, porque somos leales aunque culpables. Este modelo de conducta produce, tanto en el hecho histórico como en el ficcional –recordemos que en 1957 el estado de Massachusetts declaró los asesinatos de Salem producto de la histeria ocasionada por la figura del demonio, lo que llevó al estado a asumir la responsabilidad de las muertes de 19 personas y dos perros- un estado de paranoia colectiva que lleva a esa comunidad a realizar los actos más abyectos convirtiéndose en víctimas de la bola de nieve creada por Abigail Williams, y que fue aprovechada por el régimen dictatorial para traficar con el miedo y establecer el control.

 

Miller

 Athur Miller

 

No es un secreto que esta obra sirvió como pretexto para que Miller estableciera una denuncia férrea en contra de la persecución al comunismo, considerada literalmente como una cacería de brujas, instituida por Joseph McCarthy en su Comité de actividades antiamericanas, que paradójicamente le serviría a este buen muchacho para pasar a la historia con el término Macarthismo. Miller fue víctima de esta persecución gracias a la denuncia de su colega Elia Kazan. El recurso no es novedoso: ya Brecht lo había hecho impecablemente; camuflar problemáticas actuales en sucesos del pasado para crear un espejo y una postura sigue siendo contundente para develar temas de los que, aunque no haya censura, no podemos hablar. La metempsicosis de un hecho anterior, que reencarna en la actualidad como dispositivo de escritura, genera una distancia reflexiva en el público que puede tomar una postura crítica sobre una historia que les está hablando finalmente de ellos mismos. 

Ni el propio Miller imaginó el alcance que iba a tener su obra. Ya había trepado la cumbre con su maravillosa Muerte de un viajante de 1949, con la que ganó el premio Pullitzer y tres premios Tony, gracias a su crítica sobre el concepto del sueño americano. Los temas que se tratan en ambas obras son diametralmente opuestos y, sin embargo, ambas sirven para denunciar los vicios de la sociedad norteamericana de la mitad del siglo XX. No obstante, con The Crucible obtuvo de nuevo un premio Tony en 1953, lo que hizo que se precipitara una seguidilla de estrenos en Europa entre 1954 y 1957. Ese mismo año se realizó la primera adaptación al cine, nada más y nada menos que por el mismísimo Jean Paul Sartre. Luego vendría el turno de la televisión con dos adaptaciones en 1959 y en 1964 respectivamente. Sin duda la adaptación más memorable de Las brujas de Salem fue la de 1996 dirigida por Nicholas Hitner y llevada al guión por el propio Miller. Todos recordamos las escenas de una joven Winona Raider junto a un impecable Daniel Day-Lewis. En Colombia, recuerdo con especial nostalgia la versión que montó el alemán Dieter Welke como director invitado en el año 2008 con los estudiantes de quinto año de la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB)

Finalmente, Las brujas de Salem permanece vigente porque nos enfrenta a una costumbre humana que está arraigada desde el inicio de la historia: si en el siglo XVII se persiguieron a supuestas brujas, más adelante nos encargamos de perseguir a creyentes, judíos, revolucionarios, homosexuales, feministas, negros y hasta líderes sociales, es decir, a cualquier grupo considerado diferente o minoritario, lo que demuestra que nuestra histeria colectiva no ha sanado.

 

@seillum1
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