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Escrito por : Juan Camilo Roa

  Gutiérrez tomó algunas fotos del centro de Bogotá que son comentadas por nuestro crítico de arte, Juan Camilo Roa, quien lo acompañó en una parte del proceso de creación.

 
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Paulo Gutiérrez, Sin título, serie “O-puestos”, 2016
 

 

 Acompañé a Paulo Gutiérrez “Pace”, muralista y fotógrafo caleño, en una deriva por el centro de Bogotá. Su objetivo: tomar fotografías nocturnas del centro y después, de día, tomar exactamente las mismas fotos para montarlas luego en una sola imagen. ¿Cómo garantizar que la foto está tomada desde el mismo lugar, con el mismo ángulo?: un recurso de muralista, pintar con aerosol las patas del trípode en el piso, cobijado por la noche cómplice. Así construyó esta serie, “O-puestos”, que les mostramos acá por primera vez en formato digital. 

 

Si no hubiéramos estado acompañados por algunos amigos, seguramente hubiera abandonado a Paulo en la mitad de la deriva. Caminamos desde la estación Universidades de Transmilenio hacia el occidente hasta una esquina y dejábamos que el azar determinara si girábamos hacia el norte o hacia el sur. Repetimos la estrategia, con una que otra trampa, hasta llegar a la Plaza de Bolívar. 

 

 Las calles del centro en la madrugada no son exactamente acogedoras, pero permiten una experiencia contemplativa y reflexiva de la ciudad. Caminando por allí se minimiza el ego porque el miedo se sosiega en la compañía del otro, esencial en la aventura. Cada quien se define, en primer lugar, como miembro de una manada. Sin embargo, la experiencia es íntima y reflexiva en la medida en que, sospecho, cada cual se descubría a sí mismo temeroso, valiente, ambicioso, displicente, hambriento, perezoso, vivo, al fin, en la ruta contingente . Así, a la deriva, entre la noche y el día, aparecen los bogotanos en una foto, entrando o saliendo de la estación, presentes pero sin rumbo. El escalofriante peatón del centro de la foto es a la vez dos personas, una que va y otra que vuelve, una le presta medio cuerpo a la cabeza del otro para la construcción de una entidad atemporal.

 

Antes de salir a caminar, claro, nos tomamos unas cervezas para el frío y la animosidad. Dos cuadras adentro, en una tienda que sospecho intacta desde los ochenta, nos armamos de algunos paquetes de tostacos, cigarrillos, ponqué ramo y ¡hágale!. De ahí en adelante recuerdo algunos recortes desordenados, como videoclips o gifs de una caminata que debió haber tomado dos horas: dos viejos jugando ajedrez, el asfalto negro que se iluminaba con cada paso completado; un indigente borracho que le pidió trago a una amiga, sacándose de alguna parte un oportuno vaso de papel, otro más adelante que le pidió un cigarrillo; una “parada técnica” para comprar cervezas en un OXXO; una partecita de la séptima peatonal, limpia, con flores, olor a campo y sillas grandes de madera, quizás el momento más surreal de la deriva; los edificios viejos y los renovados, el neón, la basura, el olor de la yerbabuena de una aromática demasiado dulce; una rata premonitoria escondida debajo de Simón Bolívar, frente al capitolio; los bares de la quinta, el abrupto ¡taz! de un manotazo seco en un latón que nos puso a correr entre gritos y carcajadas; en fin, así anduvimos intermitentes entre un recorte y el siguiente mientras el obturador pausaba y ponía a girar de nuevo el tocadiscos hasta Fenicia.   

La inteligente serie que resultó de esta experiencia se desdobla en “O-puestos” complementarios del medio: el documento (el testimonio) y el arte (la obra);  la transparencia y la opacidad. Es decir, estas imágenes son pruebas de la caminata que tuvo lugar esa noche y a la vez construcciones de una realidad inventada por Paulo. Estas imágenes no son del día ni de la noche, ni físicas ni metafísicas, y sin embargo lo son al mismo tiempo, como un gato de Schrödinger fotográfico. A diferencia de otros trabajos temporales como los de Jan Dibbets , Gutiérrez no está interesado en montar en una sola imagen las veinticuatro horas de un día, como un taxónomo, sino que su propuesta es más bien platónica, funambulesca: dialoga entre orillas opuestas para poner en el podio al diálogo, al movimiento, a la batalla, en lugar de a alguno de los contendores.

  

 

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David Allan, El origen de la pintura, 1775  

 

“O-puestos” es foto-gráfica en el sentido de su etimología. Thomas Wedgwood, el bisabuelo de la fotografía, intentó y logró por vez primera grabar imágenes sobre material sensibilizado con químicos. Sin embargo, Wedgwood nunca logró fijar una imagen. Cuando bajaba a su estudio a mirarlas, bajo la luz de su lámpara, se borraba progresivamente la fugaz imagen del material todavía sensible. Solamente en la oscuridad se conservaba la imagen que, en esas condiciones, era imposible observar. Allí está contenida una contradicción esencial a la fotografía: la rivalidad entre la luz y la oscuridad por la custodia de una imagen que ambas engendraron. Una relación que se materializa en el revelado a valores positivos de un “negativo”. 

 
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W.H. Fox Talbot – Negativo y Calotipo de un árbol, 1842  

 

Esa misma rivalidad es desnudada en las tres fotografías de la serie “O-puestos” de Paulo Gutiérrez que les presentamos en esta galería, una tomada de día y la otra de noche, Gutiérrez se sirve de las calles de Bogotá para mostrar la dualidad primigenia: el día es la luz que quemaba la imagen de Wedgwood, conservada solamente bajo la oscuridad de la noche. El monocromo es el médium que le permite la comunicación de dos mundos. Gracias al blanco y negro nos muestra en la misma imagen los valores lumínicos disímiles de la misma escena: en una ocasión la estación Universidades de Transmilenio, luego una callecita del centro en la que está el clásico café San Moritz y la catedral primada de Bogotá (dispuesta oportunamente en forma de cruz). 

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Paulo Gutiérrez, Sin título, serie “O-puestos”, 2016..  

  La apariencia solar de la lámpara en la foto de San Moritz es un signo de la materialización de ese difícil equilibrio que creo que logran estas imágenes. Una suerte de equilibrio ontológico en lo que concierne al medio y simbólico en lo que respecta a la experiencia estética del espectador. Esta experiencia puede apuntar, gracias a la plasticidad de la serie, hacia los terrenos de interpretación de la sociología y la antropología (la vida de día, sin hombre de noche, la cruz, el café, los jugadores de ajedrez) cuando se ve la imagen como documento. Y, de otro lado, pero al mismo tiempo, apunta hacia la magia y la ficción, cuando se ve la imagen desde lejos, como una unidad de tiempos y espacios heterogéneos que se balancean en una cuerda floja tendida entre universos paralelos, como la parte que sobresale y la que esconde una botella en el mar, a la deriva, una botella donde Paulo Gutiérrez puso este papel fotográfico para que lo encuentren ustedes.      

 
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 Paulo Gutiérrez, Sin título, serie “O-puestos”, 2016.  

 

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@juancamilo_roa

 

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