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Escrito por : Juan Camilo Roa

 El autor analiza Freedom de Richie Havens, la canción que abrió Woodstock 1969.

 

woodstock

 Richie Havens (1941 - 2013) abriendo el festival de Woodstock el 15 de Agosto de 1969  
Foto: New York Times. Archivo Hulton, vía Getty Images.

 

Richie Havens debía abrir Woodstock con un set de 40 minutos. Cuando terminó de tocar lo acordado, los organizadores del festival le anunciaron que había artistas que iban a llegar tarde al festival por culpa del tráfico. El artista acabó con su repertorio y tocó covers de música folk y góspel; todo lo que sabía tocar. Al cabo de tres horas esas canciones también se agotaron, entonces improvisó Freedom, un clásico instantáneo.


La canción es el eco de un grito. Havens rodea el mástil de su guitarra con su enorme pulgar y toca un solo acorde con un rasgueo elocuente. Sobre el mismo acorde ensaya patrones rítmicos, privilegiando ocasionalmente una cuerda sobre la otra y teje así una trama impredecible que se enreda entre los pies del público. Luego canta una palabra que le viene a la mente sin ningún azar, “Freedom / Freedom”, repite el mantra de su generación. Recuerda un antiguo verso de un blues espiritual, es decir, de un coro religioso cantado por los negros esclavizados a comienzos del siglo XIX: “Sometimes / I feel / like a / motherless child. A long / way / from my home”, canta con pausas escalofriantes entre algunas palabras que cabalgan el ritmo frenético del rasgado de las cuerdas. Entonces, con el verso a flote, se tocan las puntas de los dedos dos momentos, uno que es el origen y otro que es un destino que conjura Havens con su palabra rasposa.


Havens hizo folk, blues, góspel, pop, jazz; tocó versiones de sus contemporáneos más rockeros y colaboró con experimentos electrónicos de, entre otros, Groove Armada. La cumbre de su versatilidad, sin embargo, la logra en esos cinco minutos en el escenario de White Lake, Nueva York, que fueron suyos por completo, solamente suyos ante el silencio y la complicidad de todo lo que era susceptible de sonar. Havens reemplaza el mantra sobre la libertad por “Clap your hands”, que es lo mismo, y canta “I got a telephone in my bosom / And I can call him up from my heart”. El público se pone de pie y baila y canta y no saben qué bailan ni qué cantan, pues no lo han escuchado, pero saben que es la verdad.


Richie Havens se levanta gigante, con la espalda encorvada y llena de sudor, todavía golpeando la guitarra desgastada y sale del escenario triunfante y rebrotado.


Freedom, queridos amigos, músicos independientes de distintas tribus, es una gran canción porque Havens la canta con honestidad y convicción; porque es, al mismo tiempo, un recuerdo y una promesa. Porque no es un cover, pero sí es un remix, una mezcla improvisada, un hechizo inédito. Porque hay coherencia entre el performance y la canción, entre la forma y el contenido; porque no hay condescendencia, pero hay preocupación por el público. Porque aunque Richie Havens no se destacó nunca por su pluma, como sí lo hicieron sus contemporáneos Bob Dylan y Stephen Stills, supo interpretar a los suyos y ofrecerles esos cinco minutos que son la paz y el amor. Sí, amor y paz, porque ellos no temieron el lugar común ni se atoraron con el agua. Ellos se aferraron con esperanza genuina a que se podía mejor.



 
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